martes, 23 de junio de 2009

No soy tu héroe (Parte 1 de 2)

Salíamos de tomar algo, mi chica y yo, no muy entrada la noche. Ella llevaba un vestido simple, pero que me encantaba… nunca olvidaré ese vestido. Yo iba como siempre, la verdad es que no soy muy cuidadoso en los detalles. No era un día especial, ni oscuro ni vacío. No salía humo de las alcantarillas y el aire no se cortaba con el aullido de un lobo. A mi nunca antes me habían atracado, por lo que mis referencias a ello las obtenía de libros y películas y aquel día descubrí que no eran muy fieles representando el momento.
Tomando una esquina para entrar en una calle limpia y bonita, mientras el brillo de las farolas se reflejaba en el suelo empapado por las macetas recién regadas, oímos un ruido demasiado fugaz, por lo que no le prestamos su debida atención. Ya cuando llegamos a mitad de la calle el ruido se repitió, y esta vez parecía que no le importaba ser escuchado.
Mi novia parecía no haberse dado cuenta, pero yo siempre estoy alerta. No es por miedo, es porque poco a poco fui aprendiendo a mantenerme al acecho, los músculos tensos por si hay que saltar en cualquier momento, pero tranquilo. Es el equilibrio quien consigue que los extremos sean útiles.
Me giré y vi una silueta entrando en la calle detrás nuestra, a uno 50 metros. Escuchamos otro ruido, esta vez un golpe, esta vez los dos, y ella se pegó a mi como si pretendiera meterse entre mis vísceras. Cuando miré al frente de nuevo me percaté de que ella había visto a otras dos siluetas que venían de frente. Yo intenté transmitirle la tranquilidad que había desarrollado, aunque mi corazón empezó a latir con violencia y, seguramente, ella estaba sintiendo sus pálpitos a través de mi pecho. Empezamos a andar de nuevo, como si no hubiera nada en esa calle, pero aquellos tres individuos se habían propuesto perturbar nuestro paseo.
− ¡Venga ya! No pretenderás hacerme entender que no nos has visto, ¿verdad?− decía el hombre que venía por donde habíamos entrado. Parecía que se divertía.
Nosotros seguimos caminando intentando no escuchar sus palabras. Ella había empezado a temblar, y clavaba sus uñas en mis brazos. Creo que a una distancia de 50 metros pareceríamos serenos. A menos de eso, lo dudo.
Yo ya no tenía tranquilidad que transmitir a mi novia. Sentía como una especie de hormigueo en las piernas, como si se fueran a doblar en cualquier momento. Aunque la calle no era estrecha, no podía ver salida esquivando a tres individuos. Cada vez andábamos más despacio. Teníamos que empezar a afrontar que iba a pasar algo.
Cuando las luces y la distancia me permitieron ver con claridad a los dos asaltantes que nos venían de frente, me sentí enormemente decepcionado. Eran personas normales. No iban vestidas en chándal ni llevaban un gorro de lana en su cabeza. Estaban afeitados, andando serenos y decididos, y cuando sonrieron, no dejaron al descubierto su dentadura podrida y quebrada, sino más bien una fila de dientes que iluminaron gélidamente las luces de las farolas. Dos personas normales que nos miraban divertidos, y que se acercaban sin prisa portando algo en sus manos con lo que jugaban. Algo mate y aparentemente contundente.
En ningún momento se me ocurrió gritar, ni se me ocurriría más tarde. No es que no me saliera la voz, es que ni se me pasó por la cabeza. Estaba en medio de la calle, estrechando a mi chica contra mi pecho, intentando andar, pero tenía la sensación de que iba a pasar algo, y no podía obviarlo. Pasaron segundos hasta que los pasos que tenía a mis espaldas se detuvieron con teatral sonido. Me giré a pesar de que me negaba a hacerlo. No tenía el más mínimo interés en ver su rostro.
− Creo que puedes ayudarnos − comenzó a decir.− Tienes algo que andamos buscando. No tenemos mucho tiempo, así que nos gustaría terminar lo antes posible.
− ¿Perdón?− me sentía confuso.
− En serio, no pierdas el tiempo…
− No se lo que andas buscando, de verdad. Estaba tomando algo con mi novia… no tengo nada que pueda interesarles.− La cabeza me empezó a doler. Lo recuerdo porque era un dolor intenso y agudo. Nuevo. Apenas podía articular las palabras sin sentirme estúpido, tartamudeando. Empecé a caer lentamente a los brazos del pánico.
− ¡Mira por dónde! ¡Ahora resulta que no tienes nada!− decía una de las voces que venían de frente.
− Por favor, dales lo que quieren…− gimoteó mi novia.− Por favor…
Yo me sentía cada vez más confuso. No sabía quiénes eran aquellos hombres, y por supuesto no sabía qué es lo que tenía que darles. Miraba a mi alrededor, como si alguna de aquellas paredes sucias pudiera darme una respuesta. Volví la vista de nuevo al que parecía el jefe, con quien hablaba, que me miraba serio. Un hombre de unos 40 años. Normal. Todo era jocosamente normal, pero yo seguía perdido, sin entender nada.
− Amigo mío, la interpretación no es lo tuyo − me decía mientras consultaba su reloj de pulsera.− Ya conoces a mis compañeros. A mi no me gusta la violencia, pero a ellos…− hizo un gesto con la cabeza señalando a los aludidos −… ellos se lo pasan en grande. Además, ya tienen cierto rango, de modo que no tienen que preocuparse por limpiar lo que ensucian.
Sus ojos me penetraban. Me sentía violado. Ella rompió a llorar desconsoladamente al fin. Yo mientras tanto pensaba en lo fácil que sería ser matón. Bueno, si es que eran matones. Me gusta recalcar esto. No tenía ni idea de quiénes eran esos hombres ni qué querían de mi. Solo se que seguramente obtuvieron a cambio algo muy diferente de lo que esperaban.
Un fuerte ruido despejó mi mente saturada y espesa. El bulto que llevaba en la mano uno de ellos era un bate de béisbol negro, con el que había golpeado un contenedor de reciclado. Su acompañante sacó lo que me pareció una navaja, y la sonrisa que portaba mutó hacia una mueca desagradable. Me volví de nuevo hacia mi interlocutor, que parecía desarmado, y, consciente de que cada segundo de indecisión sería estar un poco más cerca de las armas blancas, me lancé contra él por instinto, golpeándole con todas mis fuerzas en la mejilla. A continuación tiré del brazo a mi chica, arrastrando de ella, que para nada se esperaba mi reacción. Por un momento pareció que se desarmaba, pero sin saber muy bien cómo, consiguió mantenerse erguida y emprendió su huída de mi mano. Atrás, los matones habían comenzado la persecución, pero contábamos con una pequeña ventaja en la distancia y una vida sana y deportista. Podíamos hacerlo.
Podíamos hacerlo, pero sonó una detonación magnificada por el eco. Por un instante el tiempo pareció detenerse ahí. Podía ver con claridad cómo las farolas escupían su cálida luz anaranjada sobre nosotros. Era capaz de distinguirlo todo, como segundos antes, pero ahora sin ruido. Parecía que esa brutal detonación hubiese destrozado mis tímpanos. No escuchaba las voces de mis perseguidores, ni el ambiente, ni mi respiración. Tan solo un sonido enlatado y envolvente que daba sensación de desaceleración, como si todo fuera a cámara lenta. Por un instante el tiempo decidió alargarse para dar relevancia al momento. Y al siguiente instante me encontraba corriendo, arrastrando por el suelo un peso muerto, agarrándolo con mi mano.
Al volverme todo volvió a cobrar sentido, como una bofetada o un cubo de agua fría. Los matones estaban a varios metros de distancia aun. Mi chica caía lentamente mirándome a la cara, como buscando una explicación. Y detrás suya se encontraba la persona a la que había golpeado, tras una tímida cortina de humo procedente del cañón de su pistola. El cuerpo de mi chica hizo un ruido sordo al caer e, instantáneamente su columna se encorvó en una especie de espasmo. Yo había detenido mi huída y me encontraba vuelto hacia la escena con la culpa recorriéndome la piel. Había dado por supuesto que ese hombre estaba desarmado. Había hecho que la persona a la que amaba recibiera un disparo, aun no sabía dónde, pero seguramente mortal.
Mientras yo me agachaba para rodearla con mis brazos, los matones se ponían a la altura de su jefe, asegurándose de que éste se encontraba bien. Los ojos de ella me miraban suplicantes, y su boca parecía tantear el aire, rebuscándolo entre la saliva que segregaba abundantemente. Sus senos se movían frenéticamente arriba y abajo, llenándose a cada bocanada de un aire enfermo, una mezcla de desilusión y pólvora, y una mancha oscura brotaba de algún lado, envolviéndolo todo. Envolviendo hasta mi mente.
Cuando volví a mirar al trío de asesinos, éstos se encontraban a pocos pasos de mí. Su mirada se había tornado maliciosa y oscura. Ahora sí eran como en las películas, por lo que me sentí extrañamente aliviado. Ahora tenía la sensación de que me enfrentaba algo conocido. Pero todo seguía siendo de un realismo demasiado crudo.

5 comentarios:

  1. Dios... :o

    para cuando la segunda parte? eh eh, se muere la novia? te mueres? un besico

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  2. me suelen aburrir los rollos que escribe la gente en los blogs...pero esta narración hasta me ha engachado! esta muy bien!

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